El Consejo de Administración del gran capital europeo


La combinación internacional de capital llevada hasta la integración económica efectiva de los Estados miembros de la UE, y, por tanto, el establecimiento de un poder estatal basado en instituciones supranacionales, están ocasionando que las dificultades objetivas de la conquista del poder político en el ámbito de los Estados nacionalistas resulten probablemente insuperables; en este caso, la clase trabajadora de la Europa occidental tiene que emprender una acción sindical y política en todo el ámbito de la UE y organizarse de una manera consecuente, proceso muy complicado y doloroso, sin duda, y unido probablemente a otro desplazamiento, aún, de las relaciones de las fuerza sociales contrario a los interese de todos los asalariados. Este cambio en las circunstancias hace necesaria la reeducación y el reagrupamiento correspondiente. Eludirlos sería una actitud política parecida a la del avestruz; el mismo impulso de las circunstancias produce los estímulos y las ocasiones necesarias para el desarrollo de las transformaciones con un riesgo al menos reducido.

El movimiento obrero del occidente europeo no ha de estar, en absoluto, interesado en la contención del proceso de combinación internacional de capital, por cuanto que la desaparición progresiva de la posibilidad de asumir el poder político en el marco de los Estados nacionalistas que tal proceso comporta en definitiva pueda modificar al menos temporalmente las relaciones de fuerzas en perjuicio de todos los asalariados. Primeramente, la pretensión de impedir las correspondientes transformaciones económicas en el desarrollo de las fuerzas de producción será, en cualquiera de los casos, una utopía; en último término, la finalidad del movimiento obrero no ha sido jamás la protección artificial de la pequeña empresa capitalista contra la concentración del capital (o su expresión monetaria tan de moda Euro-dracma, etc.). Además, la misión histórica del movimiento obrero en el neocapitalismo y en los países altamente industrializados no supone a sujeción de este o aquel grupo de intereses de la gran burguesía ─sea el que representa la combinación internacional de capital o bien el que se aferra al Estado nacionalista─ sino la introducción de los objetivos netamente socialistas en el orden del día. A la combinación internacional de capital se ha oponer la alternativa de la necesidad histórica de una Europa unida socialista, no la de un retorno al patrioterismo burgués.

El camino efectivo hacia la formación de una conciencia europea en la clase trabajadora no pasa ni por el terreno de los discursos abstractos contra el nacionalismo ni por el de los congresos europeos por una mayor unión fiscal, laboral o monetaria ─y mucho menos aún si estos están organizados, con sospechosa unanimidad, por las ligas de empresarios─; pasa por los terrenos de la práctica y de la experiencia vivida, o sea, por el de las «actuaciones» que es necesario llevar al ámbito europeo. Hace ya 40 años escribíamos que en la formación de una conciencia «europea» entre los asalariados de la CEE hoy UE cuanta mucho más una sola huelga a nivel europeo que cien reuniones también europeas; desde entonces, la experiencia ha demostrado con creces la verdad de esta afirmación…, por desgracia en su aspecto negativo.

El progreso de la combinación internacional de capital debilita de manera categórica el
potencial económico de los sindicatos en el campo estrictamente nacional. Esta debilitación era sólo relativa mientras la combinación internacional de capital no salió de su fase inicial, pero se está volviendo absoluta en tanto que tal combinación está alcanzando ya un punto concreto donde la cantidad se está transformando en una nueva calidad, o sea, cuando la propiedad esencial de los medios decisivos de producción quede repartida entre algunos o la totalidad de los países miembros de la UE; la huelga, evidentemente, apenas puede ser usada con éxito, como arma de lucha económica, por un obrero de una acería de Lieja o de una planta automovilística en la Zona Franca de Barcelona, por ejemplo, si esta industria es propiedad de seis países, que, por otro lado sólo han colocado un 10%, más o menos, de sus inversiones en el sector acerero de la menciona ciudad o en un modelo en cuestión de toda la producción de la firma; los grandes capitalistas afectados preferirán perder la producción y los beneficios de seis meses en Lieja o en Barcelona a otorgar a los trabajadores de estas poblaciones una concesiones que pronto se extenderían a los otros distritos acereros o de la industria automotriz de la UE.

Sí, esto podía aparecer utópico hace 30 años, hoy no lo es más que la posibilidad (ofrecida a determinados círculos de grandes capitalistas por la creciente combinación internacional de capital y la multiplicación de las sociedades filiales de los grandes combinados norteamiercanos de aprovechar en beneficio propio un descenso internacional de salarios para orientarlo hacia una presión también internacional sobre éstos. Volvemos aquí a nuestro punto de partida, o sea al que se refiere a la lógica vinculada a la exportación internacional de capitales propia del momento presente. Sin duda, estos movimientos de capital de los grandes combinados mundiales responden a una realizada económica distinta de la exportación de capitales de hace un siglo hacia los países menos desarrollados, indudablemente hay aquí unas causas pasajeras jurídico-tributarias y político-mercantiles. En definitiva, un combinado de amplitud mundial sólo pesará encargos de producción a sociedades filiales si esto le proporciona un rendimiento; y ya que difícilmente se puede comprender que la tecnología aplicada por la empresa filial sea superior a la de la sociedad matriz, el problema del mayor rendimiento queda reducido, en último término, al de la disminución de los gastos de salarios. En estas condiciones, un cambiando de gran alcance extendido a escala mundial puede desplazar a discreción encargo de un país a otro, presionar con la amenaza de estos desplazamientos y de la clausura definitiva de las empresas a los trabajadores y las organizaciones que planeta mejoras de sueldos, y concretar así un retroceso internacional de salario que reduzca sistemáticamente las posibilidades de trabajo en los países con sueldos más elevados.

 

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